Humo y ruido en las ciudades

Por Roberto Sasso
8 de octubre del 2017

Hace 120 años, la mitad de todos los trabajadores de los Estados Unidos laboraban en agricultura. Hoy es menos del 2 %, mientras la cantidad de comida producida, obviamente, ha aumentado muchas veces.

El aumento en la productividad agrícola está, claramente, relacionado con la reducción de la cantidad de gente empleada, pero, tal vez más importante, la importancia relativa de la agricultura también decreció sustancialmente. Entre 1960 y el 2000, la agricultura pasó de representar una tercera parte del PIB mundial, a representar un 4 %.

La migración de la población a las ciudades se debe a que es ahí donde se produce la riqueza. Volver a la tierra es sinónimo de volver a la pobreza, pues únicamente los más adinerados pueden vivir en el campo con una calidad de vida equivalente a la que pueden tener la mayoría en las ciudades. Por ejemplo, disfrutar de una conexión de fibra óptica en un paraje alejado es mucho más caro que en la ciudad, ya que se pierde la dilución del costo entre los vecinos (sencillamente hay menos vecinos). Lo mismo sucede con el supermercado, las escuelas, los hospitales y todos los demás servicios del mundo moderno.

Costo para la salud. Desafortunadamente, la aglomeración de gente para producir riqueza en las ciudades trajo un alto costo en la salud, tanto de los ciudadanos como del planeta. La humanidad ha quemado, y sigue quemando, una ridícula cantidad de combustibles fósiles para producir energía. En Costa Rica, tenemos la enorme ventaja de que entre una quinta y una cuarta parte de la energía que consumimos proviene de fuentes renovables, y la desventaja es tener que importar todos los combustibles fósiles para el resto.

Es erróneo pensar que el costo de importar los combustibles es un 2 % del PIB, porque eso no incluye el costo del daño ambiental (más o menos difícil de medir) y el costo de las enfermedades respiratorias causadas por el humo de los combustibles (a la cifra, bastante certera de la CCSS, hay que agregarle en lo que incurre el sector privado de servicios de salud).

Para complicar la trama, el Estado recauda copiosos impuestos a los combustibles, presumiblemente para compensar todos los entuertos causados por la quema, o sencillamente, porque puede.

Casi la totalidad de los combustibles importados son consumidos por el sector transportes, el cual está siendo electrificado alrededor del mundo a un ritmo cada vez más veloz. La velocidad con que se dé la transición hacia el transporte eléctrico es motivo de desacuerdos.

Los ambientalistas consideran que no es posible hacer la transición demasiado rápido, mientras algunos, por otro lado, asumen una actitud trumpista al estimar que es mejor aguantarnos el ruido y el humo unos años para administrar el impacto fiscal del cambio (y de pasadita darle una manita a los que hoy se benefician de la quema desaforada).

Transición

La tecnología para electrificar el transporte ya existe, recientemente el director ejecutivo (CEO) de Shell declaró que su próximo vehículo será eléctrico. La velocidad de la transición, por lo tanto, no depende del desarrollo de la tecnología, depende solo de nosotros.

La transición va a durar lo que nosotros queramos que dure. Está claro que no se puede hacer de la noche a la mañana, hay que cambiar toda la flota vehicular, o sea el mínimo es 10 años, el máximo depende de nosotros. Esta es una conversación que no estamos teniendo, pero debiéramos tener cuanto antes, para fijar una fecha límite y tomar todas las medidas necesarias para llegar a esa fecha con el menor número de sobresaltos posibles.

Ante esta disyuntiva, no poseer combustibles fósiles es una ventaja, pues no tenemos que tomar la difícil decisión de dejar combustibles (con valor de mercado) bajo tierra (donde pertenecen).

Lo que procede es un ejercicio masivo de imaginación. Imaginemos las ciudades sin el ruido y el humo. Volveríamos a oír a los pájaros en las ciudades, probablemente seríamos menos tolerantes de los ruidos que emiten algunos vehículos que no provienen del motor, tal vez las municipalidades pagarían a músicos para que ejercieran su profesión en los parques y algunas esquinas. Imaginemos una orquesta de cámara en los parques centrales, o un violín en las esquinas donde parquean las motos eléctricas. Imaginemos una reducción importante en el uso de aire acondicionado en los vehículos, ya que el ruido y el humo dejarán de promoverlo.

Imaginemos una reducción importante en el costo del transporte (la electricidad, por kilómetro cuesta como un 10 % del costo de la gasolina), ¿qué haríamos con toda esa plata? Imaginemos carreteras sin camiones cisterna (excepto, tal vez, los que llevan el alcohol de Guanacaste a Grecia). Imaginemos que todos los que sufren alergias y otras enfermedades respiratorias dejan de comprar medicamentos y recuperan el tiempo que pierden sintiéndose miserables.

Diseño

Los beneficios de la electrificación del transporte ameritan, de sobra, asignar a las mejores mentes el diseño del proceso de transición. Hay que decidir cuándo dejamos de importar motores de combustión interna, cuándo deben salir de circulación los que entraron antes de esa fecha, cómo se transforma la infraestructura dedicada a la importación y distribución de combustibles y cómo favorecer la coexistencia (y competencia) entre las tecnologías de hidrógeno y baterías de litio, entre muchas otras decisiones importantes.

Es un proyecto grande, largo y complicado, con enormes beneficios económicos, ambientales y de salud pública.

Claro que va a tener más de un enemigo que hará lo imposible por atravesar el equino, pero es algo que se puede, y se debe hacer, cuanto antes mejor.

Artículo publicado en el periódico La Nación